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Tengo la desdichada costumbre de dejarme arrastrar y arrasar por las emociones. Y entendedme, incluso me gusta, no me va mal. Pero es agotador. Me golpea la vida en la cara, mientras el sol me acaricia a través del cristal.  Cada vez que veo el sol me da calor. Hecho objetivo, inexpugnable. Pues ya me gustaría saber hacer lo mismo con los actos de los demás soles que me rodean, pero me pierdo entre expectativas, que sé, que no van a cumplirse. Y vivo en una dicotomía paralela entre lo que el corazón espera y lo que mi mente niega, pa' protegerme con el costado del golpe. Pero nunca acabo de creerla. Asique voy de lado a lado, bamboleada por una pequeña pero constante, firme pero apenas perceptible opresión en el pecho. Y ya es muy pequeñita, pero siempre me acompaña. Y de vez en cuando me ahogo por minutos, me saturo y oscurezco. Pero estoy mucho mejor. Es solo que me gustaría anticipar antes de que llegue, que hay dos momentos en el año en los que no me encuentro en el s...

El camino largo

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Hoy he salido a encontrarme por las calles más oscuras, por las más preciosas. Inevitablemente sé que siempre miro a los mismos detalles, que mi mente dibuja patrones inconscientes que vuelven a llevarme de nuevo al mismo camino. Pero yo siempre elijo el camino largo para volver a casa. Hay dos tipos de miedo, el directo, el certero, el que te arrasa con una flecha innegable y te ahoga momentáneamente. Y el otro, el más oscuro, el intangible y a veces tan inconsciente que no soy capaz de controlarlo. Un cosquilleo en los dedos. La necesidad imperante de salir de casa. Unas llamadas. Voy. Un bar. Y la expresión verbalizada de mi inquietud. Espera, tensión. Respuesta, calma. Pero el cuerpo no es tan rápido como la mente, la somatización no viene y se evapora, se deshila lentamente y hay que saber curarla. Asique repito el proceso por la tarde: necesidad de salir de casa, no hay llamadas, salgo a recorrer la vida. Y entre toda esa calma que me da... Pum. Se dispara, un atisbo de l...

Para cagarme en ti

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Justo iba a escribir para cagarme en todo. Más bien en ti, en el daño que me traías a la mente. En el que me hiciste. En el momento de vacío y perdición que sentí. Y no sabes lo maravilloso que ha sido, ponerme delante del papel y no tener nada que decir. Y digas lo que digas, no te olvidaré, pero tampoco voy a recordarte. He respirado tan tranquila, tan profundo, tan bien. No queda nada de aquella ansiedad oscura y carcomida. No queda nada de ti. Y por supuesto no queda nada de aquel yo, solo la esencia. Y el aprendizaje. He aprendido a vivir y sentir la dulzura. Ya no hay más sombras malditas. Bendita dulzura la nuestra. La de ahora. La de las mujeres enraizadas en una sola piel.

Yo te curaré, dijo el pequeño oso

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Hay un ocelote escondido dentro de cada uno. O un felino, o un perro. Hay un animal inconsciente que nos atrapa de vez en cuando. A unos les hace ronronear, a otros les ofrece la agresividad de un ataque. Para algunos es mero simbolismo, para otros reencarnaciones. Ayer mi ocelote se restregaba contra las sábanas rudamente, tratando de apartar los trozos de carbón que golpeaban mi ajetreada mente. Pero no era posible. El mismo pensamiento se arremolinaba una y otra vez cual huracán en las puertas de mi boca. A punto de estallar. Y mi parte consciente diciendo que no, que te relajes, déjalo pasar. Llegó un gato negro, de largo pelo y ágiles ojos a contar cuentos. A intentar hacerme dormir, a intentar hacerme olvidar. Y en el recuerdo de los cuentos, de la infancia inocente, me acordé del que a mi más me gustaba cuando era pequeña: " Yo te curaré, dijo el pequeño oso". Y al recordarlo estallé. Y de repente estaba mojando la almoada con gotitas de sal. Un escalofrío me rec...

La luz

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Ayer estaba viajando, metida en un coche volviendo al que durante 20 años ha sido mi hogar, pero yo ya estaba en casa. Ayer sonaba la música, ayer estábamos celebrando la vida. Porque no iba sola. No podía, ni hubiera querido, no mirar cada centímetro de tu boca sonriéndole a la voz de un cantante que no sabe nada, ni de ti ni de mi, pero que nos describe. No quería perderme el tacto de tus manos frías, a pesar de ser las más cálidas del mundo. Ayer había una perfecta puesta de sol que se divisaba por el retrovisor. Era una luz cálida, amarillenta, como los campos de trigo a cualquier época del año, casi dorada. Y en estéreo, casi como la radio, entró por mis oídos una voz que decía "Que bien te sienta esta luz". Pero lo que me sienta bien no es la luz, eres tú. Y aquí seguimos, redescubriendo los lugares de siempre, para no perder jamás, la bonita costumbre de querer. De quererte bien

Donde nadie me encuentre

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Por primera vez en diez años, ayer cambié el deseo con el que apagar un fuego. Lo cual, inevitablemente, me lleva a dos reflexiones. La primera de ellas es que mis prioridades han cambiado, que puede que me sienta más fuerte que nunca. Contenta, entera, firme, despierta, soñadora, libre y orgullosa. Que hay una etapa de mi vida que estoy a punto de superar. La segunda, que mi prioridad ahora es compartir una vida, que no completar. Y para ello quiero perderme en los desiertos de agua, en tus gélidas montañas, en tus atardeceres taciturnos, en tu melancólica mirada. En el gesto de mi cara recordando la curvatura de tu espalda, en el gesto de tus manos ondeando bandera blanca. Quiero perderme muy cerca de aquí, donde nadie me encuentre . Donde no exista el tiempo ni la prisa. Donde siempre es otoño. Allí donde jamás deje de sentir el alma del mundo.

Pasiones tendidas

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Hay una voz chiquitita y entrecortada en mi pecho. Pequeña, encogida, miedosa. Acojonada. Quiere gritar fuera que no aguanta más. Que quiere que todo a su alrededor muera, que no sea ella quien tenga que renacer cada vez. Que ya no siente los golpes, sólo se desgarra. ¿Y que hace mientras tanto? No puede hablar, no articula palabra, tiene un nudo en la garganta, una bola de pelo imposible de escupir, papel pegado en los zapatos, tijeras en las manos. Pero no hay ningún Eduardo. Siente mariposas en el estómago, no correspondidas. Se siente nerviosa, taciturna, carcomida, negra. Ansiedad. No os asustéis, se siente limpia, pero triste. Muy triste. Se siente capullo incapaz de crecer, y capulla, también. Ella se quiso libre contigo, pero se quiere diferente a tu querer. Por eso está triste. Pero asume que es un riesgo de la libertad, es lo bonito de la vida, el riesgo y el vértigo de las elecciones, propias y ajenas, que bambolean la cuerda de tender. Sigo entera, colga...