Emociones de Geriátrico
Tiene nombre y
apellidos. Para la Seguridad Social son solo números repletos de ceros.
Por no tener, no
tiene casi ni identidad fuera de esas cuatro paredes. O eso es lo que nos han
hecho creer.
Tiene el universo
colgado en sus ojos, prendado, prendido, en constante incendio evacuado. Son
azules, azules claro, pero profundos. Tan profundos que puedes leer todas y
cada una de las palabras que murmura en susurros cada vez que te mira. Y sonríe
con los ojos, casi imperceptible, pero lo hace. Y sabe que lo observas, que te
das cuenta.
Y ahí empieza este
torrente incombustible de emociones, que a pesar de ser de geriátrico, no han
conseguido apagar. Vida eterna.
Le he dicho "te
queremos". Ha levantado la vista y me ha mirado. Hacia dentro, desde
dentro. Silencio. Se ha quedado callado y me ha dicho "no entiendo lo que
hablas reina". Reina moza me llama, y mi abuela es la reina mujer. No es
poco listo ni ná.
Se lo he repetido.
Te queremos, yo te quiero mucho, ¿lo sabes no? Me ha vuelto a mirar, se le han
empañado los ojos, o eso he creído o querido ver yo. Pero nada más. No ha
habido más respuestas sonoras.
¿Hace cuantos años
que nadie les ha dicho te quiero? ¿Recordarán ese inmenso sentimiento? ¿O
seguirán resignados al olvido de la marginación? ¿Hace cuantos años dejaron de
ser "personas"?
Unos cuantos metros
cuadrados los retienen, los aferran. Y todos esperan que las muertes lentas
acaben con ese lugar. Resignado al olvido no queda espacio ya para soñar. Nadie
entiende realmente el porqué de su estancia, o eso espero, porque saber de la triste
realidad de ese confinamiento sería el peor brote de locura. Tratados como
monstruos se les negó la libertad, la posibilidad de vivir y así llegamos al
pleno siglo XXI, donde todavía quedan los restos de las dictaduras, de las
mentes cerradas, de las barbaries, de la locura de las gentes
"civilizadas".
Quizá los allí
confinados son los más cuerdos en este mundo absurdo.
Camina despacio, muy
despacio; un lento casi exasperante para la ajetreada sociedad que nos amarra,
sin embargo, dentro de esas paredes no existe el tiempo. Arrastra los pies,
dejando estelas de vacío. Yo también caminaría así de lento, de ese modo doscientos
metros cuadrados parecería una ciudad entera.
Pablo Serrano dijo
una vez que "todo espacio supone la presencia de una ausencia".
Lástima que en este espacio sólo existan ausencias, carencias. Pero también
efímeros atisbos de nuevos amaneceres.

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