Lo esencial es invisible a los ojos

Oscureció al amanecer, cuando sus ojos azabache se abrieron al mundo. Una mirada fría, un café cansado, pura melancolía. Y ya no hubo más luz.

Del negro pasado no quedaba nada, ni rastro, sociedad del 'uno más' que se encargó de borrar toda muestra de insurrección. Y sin embargo, de su garganta emanaba un lento aliento. Silencio de revolución. Silencio porque no se escuchaba nada, porque las voces se alzaban altas y claras pero desde las mentes conscientes. Nunca supo reconocer cual era su sueño, nunca lo tuvo claro, no supo... y la música resbaló entre sus dedos. Pequeñas gotas de rocío surcaron su cara en el último día de su nigérrima vida.

Cuando se descubrió no era tarde. Todavía tenía cuerda aquel viejo reloj de pared, viento golpeado por el péndulo de la vida. Cuando se descubrió, sintió frío. Tormenta dentro y fuera de él. Y en el triste horizonte se fue abriendo el último surco de un sueño que jamás había empezado a perseguir. El sueño que buscaba la esencia. Esencia etérea, porque lo esencial es invisible a los ojos.

En ese momento dejaron de retumbar en su cabeza las voces esquizofrénicas; no más mecheros perdidos, papeles mojados, papelas quemadas, ceniceros de humo... no más... y silencio. Esta vez, su habla se torno clara, audible, dejó de ser un simple pensamiento atado de pies y manos. Amaneció, y respiró el aire fresco. En su vieja radio vuelve a sonar sol de invierno.


Cuando comprendes que en la vida más vale tarde que nunca, pero que el círculo sigue girando, nadie te espera... entonces es cuando recuerdas la importancia de llegar a tiempo.


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