Sopa fría

A veces es importante alejarse, buscar nuevas perspectivas, como el reflejo que te ofrece ese viejo flexo de metal que descansa sobre tu mesa. A veces hay que dejarse la piel, porque este momento deja de ser momento en el efímero instante en el que lo nombramos.

La vida es un vaivén de emociones. Y tú eres la que más me preocupa. No sé si por tus claros ojos o por los escalofríos que me recorren al saborearte de nuevo. Que ya no hay mañanas tristes, ni noches apuradas, ahora todo es claro con tintes oscuros. Oscuridad teñida de brillantes surcos. Y donde ayer no había nada, hoy estás tú. Y dónde estás tú, todo se reduce a la más mínima nada, porque nada importa, porque todo tiene insignificante valor. Ese es el momento en el que nombramos al Amor. Tras esa eterna parada viene nuestra perdición.

Perdemos la noción del tiempo, los gritos hacen más daño, las heridas no cesan de sangrar... las rosas se vuelven a secar. Ya no sabemos que está bien, qué está mal, porque, aunque nunca lo hemos tenido demasiado claro, las líneas se difuminan formando el contorno de tu espalda. Ante esto hay dos caminos, a elegir entre dos sujetos "eternamente" prometidos: el cariño o el dolor. De nuevo la Nada o el Amor.

Y entre ambos extremos, siempre hay más espacio. Ahí descansan cervezas y ron, amigos sin alcohol, cigarros consumidos lentamente, caladas de insatisfacción, sonrisas certeras, lágrimas tendidas al sol. Queda la familia. Y no sólo la familia de sangre, queda mi familia, la tuya, la de nadie. Todos y cada uno de tus doce diamantes.

De nuevo divago y acierto. Porque los acordes de un piano no son iguales siempre, todo depende de quién los narre. Al igual que las tristes noches y las horas de melancolía.

No voy a esperarte más, no quiero seguir comiendo la sopa fría.


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