Ojos sabor insurrección


Siempre he tenido la esperanza de que cuando alguien mire en mis ojos vea la llama, la revolución.
Que se dé cuenta de que en mi mente gritan a voces: insurrección. Que no hace falta vestir como manda la estética de una ideología, aunque tampoco voy a negar que me encantaría. 
(Sólo a ratos, sólo a pedazos, sólo a días).
Y nos perdemos en las vagas impresiones sobre gente que no conocemos, nos creamos prejuicios sobre gente de la que no sabemos, y no tenemos ni idea de nada, porque carecemos, casi siempre, de sentido común.

Hay que saber que los trenes no viajan siempre hacia el norte o hacia el sur, que depende de donde lo cojas tú. Y tú, infeliz humano, decidiste qué el norte estaba al norte y el sur al sur, porque así era más fácil orientarse en el indeterminado espacio.
Pero no es tan fácil cuando hablamos de personas, cuando hablamos de mi mundo. Donde nada tiene cabeza ni pies, todo tiene doble fondo y un revés. Como los plumas que me dejas en invierno cuando paseamos por el campo y se me hiela la puntita de la nariz. Roja, como las orejas, como mi final feliz.

Y ahora corre a decirle a tus padres que no soy tan mala como cuentan, que las revoluciones me gustan más cuando las hago en tu cama, cama que deshago cada vez que me tocas el alma.  Cama que nunca hago, porque la deshacemos entre risas cada vez que discutimos y llegamos a las manos, cada vez que nos gritamos en susurros que "no aguanto" más y nos corremos entre gritos de alegría; que no somos sanos y nos bebemos la lluvia día a día.


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